Mayo 26, 2019

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Hace pocas horas se registró una explosión en una mezquita del distrito de Paktia Kot en Afganistán, dejando como consecuencia una personas muerta y más de 10 heridos.

ÚLTIMA HORA: Cifra de muertos y heridos asciende tras explosión en mezquita de Afganistán
ÚLTIMA HORA: Cifra de muertos y heridos asciende tras explosión en mezquita de Afganistán

El líder o imán de la mezquita también falleció en el ataque mientras que 16 personas están heridas, aunque se está manejando según informaciones del Ministerio del Interior del país que la cifra de fallecidos podría aumentar.

Tres de los 16 heridos están en condición grave, esto se registró a las 01:20 (hora local) en la mezquita Al Taqwa, en el área de Paktia Kot en Kabul en la capital de Afganistán; hasta ahora no se saben las causas de la explosión ni con qué objetivo el ataque se perpetró.

El explosivo que fue colocado cerca del púlpito y se sabe que es un artefacto de fabricación casera, al momento del suceso habían cerca de 40 personas en el lugar; el presidente de Afganistán, Ashraf Ghani repudió el acto calificándolo como “un acto terrorista”.

Aun no se le atribuye este suceso a ningún grupo terrorista y tampoco ninguno de los existentes se han responsabilizado de ello.

Afganistán actualmente sufre los embates de los ataques de talibanes desde 2015, en los cuales el grupo ISIS es denominado como el cabecilla de todos los actos terroristas que han sucedido en la nación, a pesar de tener una fuerte presencia militar estadounidense.

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No cabe duda que es una frase provocadora. Pero nos recuerda: aparte de tener que pagar impuestos, nada es tan seguro como la muerte. En España mueren cada día 1.000 personas. Y cada uno de nosotros puede ser el siguiente. No hace falta estar enfermo. Basta con estar en el sitio equivocado en el momento equivocado.

La muerte asusta a la gente. Por esta razón se dice que es mejor no hablar de religión, de política y de la muerte. La gente lo tomaría mal. Por lo tanto, simplemente pretendemos que no existe. Fue Sigmund Freud quien escribió: “Nuestro subconsciente no cree en su propia muerte y se comporta como si fuera inmortal”.Yo diría aún más: en el fondo nadie cree en su propia muerte. Siempre mueren los demás. En cierta manera, los creyentes tampoco son una excepción.

Hace casi 50 años salió en Alemania un libro de un profesor de instituto con el título: “Si me quedara solo un día de vida.”530 jóvenes entre 14 y 18 años escribieron sobre este tema. El libro se lee como un resumen de la vida real. Porque es la vida real. ¿Qué importa que nos queden 24 horas como si nos quedan 24 años? En el libro podemos leer de forma resumida que los que no tienen esperanza en una vida eterna simplemente no saben qué hacer con las horas que le quedan. Se distraen, se drogan, se emborrachan, gritan y caen en una depresión. Como en la vida real. Llama la atención la pequeña minoría de personas que son creyentes. El resumen de su testimonio: viviría mi último día como hubiera vivido el resto de mi vida. Intentaría salir de esta vida en paz con Dios y con los hombres.

Infelizmente, me da la sensación de que incluso muchos creyentes no están preparados para morir, y eso que deberíamos ser expertos en el tema. Eso sí: conocemos algunos versículos bíblicos que nos hablan de la resurrección, creemos en la vida eterna y en el cielo. Pero ¿exactamente de qué estamos hablando? A partir de ahí, todo se vuelve nebuloso.

¿Nos reconoceremos? ¿Recordaremos cosas de esta vida? ¿Qué vamos a hacer durante toda la eternidad? Y una pregunta que casi nadie se atreve a plantear en público: y todo esto ¿no será muy aburrido?

De hecho, la Biblia nos habla más de la muerte y de lo que viene después de lo que comúnmente nos imaginamos. Sin ir más lejos, el libro de Apocalipsis nos revela que sí, que tendremos recuerdos, que hablaremos los unos con los otros (y por supuesto con el Señor), que nos reconoceremos perfectamente, que cantaremos y en resumidas cuentas: que estaremos más vivos que nunca. Incluso mucho mejor: no conoceremos dolor, ni tristeza ni habrá ya malos recuerdos. Hasta nuestros traumas más profundos habrán desaparecido.

Pero también es cierto que esta bendita esperanza no se refleja en el día a día de los cristianos con mucha frecuencia.

Se cuenta que un creyente invitó un día a Juan Wesley. Era un hombre pudiente y le mostró su finca de tamaño considerable y su mansión en medio de esta parcela inmensa.

“¿Qué te parece?”, le preguntó a Wesley. Este le respondió: “A mí me parece que vas a tener problemas en dejar todo esto atrás algún día”.

Efectivamente, allí está el problema, también para el creyente. A veces nos hemos acomodado tanto en este mundo que nos costará dejarlo todo atrás algún día. Aunque sea de forma subconsciente, también el creyente muchas veces no cree en su propia muerte y en el hecho de que todo lo que nos rodea aquí algún día lo vamos a tener que dejar atrás. Desnudos vinimos a este mundo. Y desnudos partiremos de aquí.

Sin embargo, pensar en el cielo y en la vida eterna, en los tiempos que corren, no está tan bien visto en el mundo evangélico con su activismo y sus programas. El tema del cielo se ha borrado casi por completo de nuestros cánticos contemporáneos (porque himnos apenas ya se entonan). Con frecuencia en el pasado se nos ha echado en cara: “Piensa tanto en el cielo que no sirve para la vida aquí”. Es falso. Tanto teológicamente como históricamente. Lo contrario es la verdad: los que más piensan en la eternidad son más útiles para esta tierra. Es la enseñanza de Colosenses 3:1.2.Si tenemos el enfoque correcto servimos tanto para el cielo como para la tierra. Y esto era así para apóstoles, reformadores y los que consiguieron la abolición del comercio de esclavos. Y debería ser así también para nosotros.

Es precisamente aquella persona que es consciente de que su tiempo es limitado y que va a un sitio glorioso, la que sirve para cambiar cosas en este lado de la realidad, sin temor y sin importarle la posible pérdida de sus bienes. Y esto siempre ha caracterizado a los creyentes que cambiaron el mundo.

En los tiempos que corren, nos damos cuenta de que el materialismo nos afecta como Iglesia y como creyentes individuales. El mundo nos contagia. Nuestras mentes están metidas en el aquí. Y es muy necesario recuperar la vista que ve más allá de este mundo. Nuestra muerte no es pérdida, como el mundo lo entiende. Es ganancia. Quien no entiende este principio básico de la economía divina siempre va a invertir mal.

Centrarse en el otro mundo -en el cielo- es precisamente lo que da a la fe cristiana y al cristiano su poder y su fuerza. No somos de este mundo. Ya no. Y no nos debería avergonzar confesarlo. No vamos a pedir disculpas por ello. Ni nos vamos a acomplejar. No somos de este mundo. En esto radica precisamente nuestro poder.

Pero tampoco significa que este mundo nos da igual. Esto siempre ha sido y siempre será el gran error de todas las corrientes quietistas, aislamentistas y pietistas del mundo evangélico.

Eclesiastés 3:11 nos dice que Dios ha puesto eternidad en nuestros corazones. Sin embargo, no somos capaces de entenderlo plenamente. Pero tenemos esta noción, indudablemente. ¿Alguna vez has sentido que Dios no te ha hecho para este mundo, sino para otro? Dios ha puesto eternidad en nuestros corazones.

Dios nos hizo para la eternidad. No para este mundo. Somos hijos de la eternidad, no del ahora. Por eso en este mundo quedan tantas cosas sin ser terminadas, quedan cosas que nos dejan, incluso en los momentos más felices, con la sensación de que esto no es todo y que hay algo mucho más bonito que nos espera.

Dios ha puesto eternidad en nuestros corazones. Por eso los niños no tienen problemas en creer en Dios. Sin embargo, nuestra sociedad se dedica sistemáticamente a erradicar la noción de lo eterno. En esto realmente se reduce la quintaesenciade todos los -ismos, todas las ideologías y filosofías de este mundo.

Pero si tenemos vista para la eternidad, hacemos las cosas de forma distinta. No solo predicamos. Precisamente porque vamos a algo mejor queremos que este mundo que nos espera se refleje en nuestras vidas ahora. En la forma como conducimos, reparamos una puerta o cuidamos de un paciente. Cualquier actividad honesta se convierte en inversión para la eternidad y refleja la eternidad.

De esta cosmovisión –de la vida y de la muerte- hablaremos en este espacio en las próximas semanas. Y como pequeña aplicación práctica -para aquellos que lo desean- nos podemos hacer esta pregunta del inicio: Y ¿si me quedaran solo 24 horas? ¿Cómo viviría mi último día? Porque podría ser hoy.

#Sigmund Freud: Kleine Schriften I,38,I)

#Günther Klempnauer, Kreuz Verlag, 1990

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Los Ayuntamientos de toda España volverán a definir su destino político durante los próximos cuatro años este domingo 26 de mayo. La tradicional disputa entre partidos por las alcaldías de las ciudades más grandes, la irrupción de nuevas siglas en el escenario político y la coincidencia con las elecciones al Parlamento Europeo son algunas de las peculiaridades de estos comicios. Pero no las únicas. 

Como ya sucediera en años y en votaciones anteriores, algunas listas han incluido a nombres y miembros de la comunidad evangélica entre sus candidatos. Es el caso de Nelson Araujo, pastor en una iglesia bautista en Sabadell y que, por segunda vez, concurre en una candidatura municipalista en el pueblo de Canyelles. Este año como número dos. “No tengo una larga trayectoria en política”, dice Araujo. “Lo que más me interesa de la política es cómo esta puede ayudar a mejorar la vida de las personas. Este trabajo ya lo estoy realizando a través de entidades municipales, así que mi implicación política es secundaria”, remarca. 

Para Natanael Planes y Laia Gàllego, en cambio, la de este año será su primera candidatura. Ambos se presentan en la lista de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) en el municipio de Barberà del Vallès, como número cinco y veinte respectivamente. “He sido militante pero nunca en primer línea”, dice Planes. Gàllego también se estrena en unas elecciones, aunque con experiencia previa trabajando “para el fomento de la cultura y el arte”, pero asegura que ha decidido “dar un paso más” e implicarse “a nivel político para dar voz a los colectivos minoritarios y trabajar por la justicia social y la cultura en el pueblo”. 

Más experiencia tiene Emilio Israel Cortés, que accedió por primera vez al Ayuntamiento de Alicante hace más de ocho años. “Llegué a ello tras un proceso largo: servir en mi casa, en mi iglesia, en la universidad con GBU, y también en mi ámbito de trabajo, dado que por un tiempo trabajé en asociaciones con el pueblo gitano, y de allí a la política”, afirma. Actualmente concejal en el consistorio alicantino, ocupa el undécimo puesto de la lista del Partido Popular (PP) en Alicante para el 26 de mayo. “Encontrarme con la posibilidad hace más de 8 años de entrar en política era una puerta que Dios me abría, y que no podía mirar hacia otro sitio”, señala. “Siento orgullo y la satisfacción de representar no ya a los cristianos, sino que como cristiano evangélico pueda representar a toda una ciudad”. 

LA POLÍTICA MUNICIPAL, OCASIÓN DE SERVICIO Y TESTIMONIO

La visión de utilizar la política municipal para el servicio popular y el testimonio parece algo común entre los candidatos evangélicos. “La política, sobre todo a nivel municipal, es imprescindible para la creación y la consolidación de modelos de pueblo y de ciudad que sean amables con el ciudadano. Y esto es lo que justamente pienso que puedo aportar”, señala Araujo, en referencia a “la superación de barreras de movilidad, fomento de la sostenibilidad o refuerzo de políticas que ayuden y prevengan situaciones de violencia doméstica”, relata como ejemplos. 

“Soy seguidora de Jesús desde que tenía 19 años y su vida siempre me ha inspirado y desafiado a ser una persona que se preocupa por los demás”, manifiesta Gàllego. “Su ejemplo me ha llevado a tener en cuenta siempre a las minorías, a las personas en situación vulnerable y a luchar por la igualdad de oportunidades”, añade. Por su parte, Planes cree “que los creyentes debemos procurar estar en todos los ámbitos posibles dentro de la sociedad”. “Especialmente debemos estar en espacios de poder y de decisión por tal de ser luz y sal, y si queremos impactar con los valores cristianos en nuestra sociedad esta es la mejor manera de hacerlo”. 

Desde Alicante, Cortés confiesa que “tenía prejuicios al principio” respecto a la política. “Mi experiencia ha sido justo la contraria: he encontrado respeto, oídos que se abren para que explique mi fe, gente que me ha reconocido el trasfondo positivo que hay en nosotros. Han sido años de problemas, y he podido ser luz en medio de mis compañeros, en el equipo de gobierno, en corporaciones municipales”, dice. Pero el ámbito político no ha sido el único difícil para él. “En las iglesias me he encontrado de todo. Mucho rechazo, con falta de comprensión, y en algunos casos incluso persecución, porque en las iglesias somos muchos los que demonizamos no ya a los políticos sino la vida en política.Por otra parte he encontrado también gente que ha visto en mí un milagro y un triunfo de todos, de la iglesia, respuesta a la oración de muchos años”, remarca. “Creo que en términos generales falta visión para integrar este área de servicio en nuestras iglesias, e incorporarla a nuestra misión local”, añade Cortés. 

LA COSMOVISIÓN BÍBLICA COMO MOTOR PARA EL CAMBIO

“Lo de pedir el voto para mí es la parte más incómoda. No soy un político al uso, llevo peor lo de pedir el voto, me va más lo de servir”, dice el concejal de Alicante sobre lo incierto que supone en ocasiones el futuro electoral. “Lo que tenga que ser para mi vida será lo que Dios tenga para mí, que será lo mejor. Saber eso te da una tranquilidad que la vida del político no suele tener”, remarca. 

Aunque secundaria, Araujo también ve la política como un espacio susceptible de reflejar sus creencias. “Soy afiliado a un partido de izquierdas. Intento que mi presencia represente una sensibilidad creyente y comprometida con la libertad y la fraternidad desde mi fe protestante”, apunta. Una visión similar a la de Gàllego que, tras ocho años de vecina en su localidad y de trabajo en la iglesia local y con los niños y niñas del pueblo, defiende el estar “muy implicada en diversos espacios del municipio, donde poder hablar y vivir del testimonio de Jesús”. 

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Cuando se menciona la palabra teocracia saltan todas las alarmas, porque está asociada con los diversos intentos que a lo largo de la historia ha habido para imponer un régimen que luego ha resultado ser un espanto. Precisamente el arrinconamiento que todo lo religioso experimenta en los países occidentales procede del cruento enfrentamiento en que Europa se vio inmersa, cuando en los siglos XVI y XVII quedó asolada por las que se han denominado Guerras de Religión. Lo que en principio era solamente un enfrentamiento teológico, terminó siendo político y finalmente militar. Las atrocidades que se cometieron, por uno y otro bando, quitaron todo crédito a lo que pretendía ser la respuesta definitiva sobre el gobierno humano. Los experimentos realizados aquí y allá para configurar una sociedad de acuerdo a la voluntad de Dios, desembocaron en una sociedad totalmente alejada de lo que era la voluntad de Dios.

Pero en realidad las guerras de religión no comenzaron dentro de la cristiandad en el siglo XVI, porque los siglos VIII y IX fueron testigos de la dura contienda que tuvo lugar en la Iglesia ortodoxa, cuando se desató la controversia iconoclasta, en cuanto al uso o prohibición de imágenes, que sobrepasó la frontera del recinto eclesiástico y acabó introduciéndose en el recinto del palacio imperial. Realmente no podía ser de otra manera, habida cuenta de que no existía entonces una delimitación entre lo eclesiástico y lo político, ya que lo eclesiástico saturaba lo político y lo político lo eclesiástico. Las conspiraciones, persecuciones y matanzas que la larga controversia iconoclasta produjo, dejaron ver cómo las más bajas pasiones se ponían al servicio de los ideales más elevados, a fin de aniquilar al adversario.

Como en el tiempo de la Reforma esa misma amalgama de lo eclesiástico y lo político seguía existiendo, es por lo que era imposible aislar lo estrictamente doctrinal de lo que competía a la política. De hecho, los protagonistas de la Reforma compartían con los católicos la mentalidad medieval de que la Iglesia debe ser estatal, de ahí que fuera impensable una separación de Iglesia y Estado. Por eso, Calvino en Ginebra instituyó una regulación de la vida de los ciudadanos basada en la moral cristiana. Lo mismo, pero llevado al extremo, ocurrió en Münster, cuando los fanáticos dentro de los anabaptistas, se propusieron instaurar por la fuerza el Reino de Dios en la tierra, terminando el experimento en un baño de sangre. También fue la intención de la Iglesia católica, al crear la Inquisición, establecer una uniformidad religiosa que abarcara todas las estructuras sociales, de acuerdo a sus principios eclesiásticos. Demás está decir que el intento no logró sus objetivos, convirtiéndose en una pesada losa que hasta el día de hoy arrastra esa Iglesia.

Ante todos estos fracasos teocráticos, fue así como el secularismo se constituyó en la única solución, al efectuar una separación de lo religioso y lo político. Pero esta solución no era equitativa, en el sentido de que los contendientes quedaran en igualdad de condiciones, ya que era evidente que la antigua idea teocrática, de predominio de la Iglesia sobre el Estado, había salido derrotada, siendo el Estado secularizado el vencedor en esta contienda y quien imponía las condiciones.

A partir de entonces toda mención, directa o indirecta, a una teocracia fue considerada una noción oscurantista, represora y reaccionaria. Hasta a la Iglesia católica no le quedó más remedio que terminar plegándose a la realidad dominante, acabando por cambiar su tono beligerante en el Concilio Vaticano II.

Mirando a otros campos fuera del cristiano, es posible constatar en el islam la idea teocrática en toda su fuerza, al tener todas sus leyes religiosas valor civil.

Pero a pesar de todos los espantos y fracasos que las distintas teocracias humanas han originado ¿significa que no hay cabida para una verdadera teocracia? ¿Debemos contentarnos con el actual estado de cosas, en el que Dios queda relegado para siempre a la mínima expresión? Aunque nosotros nos contentáramos, el aludido, esto es, Dios, no se contenta. Porque su propósito, eterno e inmutable, es el establecimiento de la teocracia, no sólo en el cielo sino también en la tierra.

Llama la atención que en esa teocracia él ha establecido que sea un hombre quien esté a la cabeza de la misma. Lo lógico sería que si es una teocracia fuera Dios y solo Dios quien ejerciera el mando. Sin embargo, resulta asombroso que a quien ha puesto como jefe y cabeza de todas las cosas sea un hombre, que también es Dios. Eso significa que un representante del género humano ha sido promovido por Dios a la posición suprema. Teniendo en cuenta que fue un representante del género humano el que lo arruinó todo, es admirable constatar que el propósito de Dios, de poner a un hombre al frente de todo, no ha sido malogrado por aquel fracaso. Tampoco por los fracasos posteriores que las fallidas teocracias han provocado. Y tampoco por la negadora solución que es el secularismo.

Y es que, en definitiva, la teocracia no es más que el ejercicio del derecho que Dios tiene como soberano para gobernar todas las cosas, conforme a su voluntad. Un derecho que le ha placido ejercer mediante el Hombre al que ha sentado a su mano derecha. Esa es la teocracia que viene, tal como anuncia el toque de la séptima trompeta: ‘Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo, y él reinará por los siglos de los siglos.’ (Apocalipsis 11:15).

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Según la OMS se registran 800 000 personas que se suicidan cada año en el mundo, lo que representa al menos una muerte cada 40 segundos, siendo la segunda causa principal de defunción de 15 a 29 años.

De este mal no es inmune la iglesia cristiana, incluso con casos de pastores que han acabado con su vida.

Sobre esta cuestión entrevistamos a Pablo Martínez Vila, psiquiatra y reconocido lider evangélico y conferenciante internacional, autor de numerosos libros difundidos a 17 idiomas; muchos de ellos abordando la espiritualidad y el sufrimiento desde una perspectiva que funde la teología con una psicología con fundamentos bíblicos.

Pregunta.- Si bien el vínculo entre el suicidio y los trastornos mentales (en particular los trastornos relacionados con la depresión y el consumo de alcohol) está bien documentado en los países de altos ingresos, muchos suicidios se producen impulsivamente en momentos de crisis ¿Hay factores en la sociedad actual que puedan favorecer la cifra creciente de esta tragedia?

Respuesta.- Sin ninguna duda. Vivimos en una sociedad que genera, entre otros, dos tóxicos existenciales de efectos letales: el vacío –“la vida no tiene sentido”- y la desesperanza –“no veo ningún futuro para mí”-.  Ahí tenemos un gran caldo de cultivo para el suicidio.

El sociólogo Z. Baumann habla lúcidamente de una sociedad “líquida” donde todo es frágil, efímero y se enfoca en el “corto plazo”. Ello explica, por ejemplo, la colosal crisis de relaciones; vivimos una epidemia de relaciones rotas y la ola de suicidios no es ajena a esta realidad dolorosa.

En cuanto al otro tóxico, la desesperanza, simplemente cosechamos lo que se ha sembrado en los últimos 150 años. Los profetas de la desesperanza, Marx, Freud y Nietzsche (entre otros), se esforzaron por “destruir toda ilusión” (cita literal referida a la fe en Dios) y han predicado una cosmovisión materialista de la vida, “sin Dios y sin esperanza” (Ef. 2:12).

Esta cosmovisión no sale gratis ni en lo personal ni en lo social, conlleva un alto peaje. Tarde o temprano lleva a la frustración, al vacío y a la amargura. Decía Sartre: “El camino del ateísmo es cruel y doloroso”.  Hay una relación estrecha entre desesperanza y desesperación.

En este contexto el suicidio viene a ser una respuesta extrema cuando uno siente en lo más hondo de su corazón que todo es “vanidad de vanidades” en palabras del Predicador en el Eclesiastés.

P.- Si bien el vínculo entre el suicidio y los trastornos mentales (en particular los trastornos relacionados con la depresión y el consumo de alcohol) está bien documentado en países de altos ingresos, muchos suicidios se producen impulsivamente en momentos de crisis. ¿Es posible prevenir o prever estas situaciones de riesgo?

R.- La palabra clave aquí es “impulsivamente”. Los suicidios en momentos de crisis suelen darse en dos tipos de situación. Por un lado, en hombres y mujeres con una personalidad normal, sana, pero que se ven abocadas a circunstancias extremas de estrés, sobre todo si ocurren de forma rápida e inesperada. Un ejemplo histórico lo tenemos en  la gran crisis de la bolsa en 1929 cuando el crack económico causó un número importante de suicidios entre personas sin problemas psiquiátricos previos. También  puede ocurrir con una ruptura inesperada de una relación tal como apuntábamos antes.

La otra situación se da en personas con trastornos leves o moderados de personalidad que muchas veces no han sido diagnosticados. Por su poca intensidad pueden pasar desapercibidos hasta que una circunstancia, con frecuencia una contrariedad, algo que no ocurre como ellos querían o preveían, les aboca a una reacción impulsiva, descontrolada e inconsciente. En estos momentos están como cegados por el enojo o la rabia  (de ahí que a estos episodios se les llame de enajenación mental transitoria). Había un problema subyacente de control de impulsos que  había pasado desapercibido.

Ambos casos tienen en común su carácter repentino e imprevisto, por ello con frecuencia la labor de prevención es difícil.

No obstante, si detectamos los primeros truenos de la tormenta, hay dos cosas que podemos hacer: acompañar y escuchar. Éstas son las dos mayores necesidades del ser humano en momentos de crisis: sentirse acompañado y sentirse comprendido a través de una escucha empática. El llamado “teléfono de la esperanza” ha salvado muchas vidas porque ofrece estos dos aspectos: hay escucha y hay presencia, aunque sea a distancia y con un desconocido.  No olvidemos el valor balsámico de las palabras como tan bien nos señala Proverbios: “La palabra dicha a su tiempo, ¡cuán buena es!”.

P.- Es cada vez más frecuente conocer casos de pastores evangélicos que cometen suicidio, especialmente en Latinoamérica y EEUU. En ocasiones con trastorno depresivo oculto, y en otras sin que aparentemente se hubiese detectado nada anómalo. ¿La dinámica de la iglesia actual podría desencadenar o incluso provocar un trastorno en un pastor hasta llevarle a este punto?

R- El agotamiento emocional (el llamado síndrome del “quemado” o burn out) puede provocar una depresión. Lo vemos en la Biblia con dos grandes pastores, Moisés (Números 11:10:17) y Elías (1 Reyes 19). Dos gigantes de la fe llegaron a pedirle a Dios que les quitara la vida. (Por cierto, el Señor con su trato comprensivo y delicado hacia estos pastores sufrientes nos deja un precioso modelo a seguir).

Es excepcional, sin embargo, que una depresión por agotamiento lleve al suicidio si no hay un problema de base como los mencionados antes. El pastor sabe que antes que marcharse de la vida (suicidio), puede marcharse de la iglesia o incluso dejar el ministerio (bien sea de forma temporal o incluso permanente).

El pastorado es un trabajo de gran exigencia emocional, de ahí la necesidad de una renovación personal constante. Sin duda siempre hay aspectos a mejorar en la “dinámica” de la iglesia (por ejemplo, un énfasis excesivo en el activismo); pero para mí la prioridad en este tema (prevención de crisis en los pastores) no es mejorar la iglesia, sino reforzar al pastor, enseñarle a cuidar de su propia viña, a renovarse, a recibir tanto como a dar.

Demasiados pastores olvidan que son “vasijas de barro”, frágiles, quebradizas y pensando que son “vasijas de hierro” sobrevaloran su capacidad de resistencia.

Esta pregunta, sin embargo, nos obliga a exponer otras dos situaciones que nos ayudan a entender el problema del suicidio entre pastores. La primera se da más en EEUU, la segunda en Latinoamérica.

En los EEUU no es infrecuente encontrar pastores ateos o con una base de fe muy débil.  Por extraño que nos parezca, es así.

En determinadas denominaciones la teología liberal ha acabado convirtiendo la teología en mera antropología y la fe en puro humanismo. Está en auge, por ejemplo,  la llamada “Teología de la muerte de Dios” propugnada por W Hamilton quien afirmó textualmente: “Necesitamos redefinir la cristiandad…sin la presencia de Dios”. En este contexto de puro humanismo se aplica todo lo comentado en la primera pregunta: el suicidio correlaciona muy alto con la desesperanza vital.

La segunda situación se da más en Latinoamérica (y está entrando en Europa): algunas iglesias ponen en lugares de responsabilidad a personas recién convertidas, a niños espirituales, que obviamente carecen de la madurez necesaria para afrontar el gobierno de una congregación. Se ignora la enseñanza bíblica sobre los requisitos para ser pastor (o diácono). El cuadro bíblico de 1 Timoteo 3:1-13 pone un listón de madurez espiritual que es imprescindible respetar. Pasar por alto estos requisitos supone poner  -y exponer- a personas inmaduras, tiernas en la fe, en una posición de alta demanda emocional y espiritual. Las consecuencias no deben sorprendernos: crisis personales y crisis en las iglesias.

P.- ¿Hay un adecuado cuidado pastoral de los pastores, o existe una soledad en la responsabilidad de quienes tienen esta carga sobre sus hombros?

R- El pastor necesita ser pastoreado. Ésta es una de las asignaturas pendientes de muchos hombres y mujeres de Dios. Me referí con cierto detalle a este punto en una anterior entrevista en Protestante Digital (“Pastores que tropiezan y caen”). Uno de los grandes enemigos del líder cristiano es la soledad.

No se puede ser una roca y una isla a la vez. En la mayoría de crisis emocionales de pastores encontramos una historia de soledad, con un proceso de aislamiento progresivo.

De ahí mi encarecida recomendación de que el pastor tenga una o dos personas de plena confianza con quien compartir cargas, dudas, liberar tensiones y orar juntos. Es un tiempo de revisión de vida y de renovación de visión. Una o dos veces al año de “ITV personal” constituye una buena prevención de problemas.  

Y no olvidemos la dimensión de lucha espiritual del trabajo pastoral: estamos inmersos en una batalla que va más allá de asuntos humanos; en este sentido, el pastorado no es un trabajo natural, es sobrenatural. Por ello necesitamos tanto la oración. El apoyo en oración es clave (ver la propia experiencia del apóstol Pablo al respecto en un  período de tribulación, 2 Corintios 1: 9-11).

P.- Una cuestión importante y que debemos abordar es si el acto del suicidio supone una ruptura de la relación con Dios, y por lo tanto una eternidad lejos de él. ¿Podemos afirmar esto, y hacerlo en todos los casos?

R- Nadie puede hacer afirmaciones que competen exclusivamente a Dios. Nosotros no podemos quitar o poner “etiquetas de salvación”, sería una osadía y una insensatez. No estamos en el lugar de Dios para juzgar.

Dicho esto, hay dos principios bíblicos que enmarcan este asunto y que necesitamos tener en cuenta. Por un lado, el suicidio desagrada profundamente a Dios; no podemos minimizar la importancia de este pecado por cuanto Dios es el soberano de nuestra vida, el único que tiene el derecho de darla y quitarla.

Por otro lado, tampoco debemos caer en el extremo opuesto. El único pecado que la Palabra de Dios nos presenta como imperdonable es la incredulidad obstinada, persistente, la llamada blasfemia contra el Espíritu Santo (que fue el pecado de los fariseos).

Como hemos visto, en el suicidio intervienen con frecuencia factores de enfermedad mental, de crisis y otros que no tienen relación con una postura previa de incredulidad deliberada.

Por ello, sólo a Dios corresponde evaluar y concluir qué es pecado, qué es enfermedad, qué es un factor agravante o qué es un factor atenuante. Dios es el juez justo y él conoce absolutamente todo de nuestra persona, por ello sus juicios son perfectos. Descansamos en su justicia y nos aferramos a su gracia.

La esencia del carácter de Dios es el amor y Él es “grande en misericordia”.  En un tema así necesitamos concluir con “los ojos puestos en Jesús” (Heb. 12: 2), el Buen Pastor de las ovejas, de quien se afirmó: “No quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humeare” (Is. 42:3)

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